El movimiento vecinal en Tetuán

Asociación de Vecinos de Tetuán- Cuatro Caminos – antes otra llamada sólo de Tetuán – de Valdezarza, Villaamil, de la Dehesa de la Villa, de Sánchez Preciado, de Amas de Casa de Tetuán, los vecinos de Cerro Belmonte, de Berruguete-Rastrillo, de Ventilla…y unas cuantas más.

Hoy el movimiento vecinal clásico camina reducido y renqueante – literalmente, la edad media de sus asociados a menudo es alta-, pero hubo un tiempo, a caballo entre los años setenta y ochenta, en que el asociacionismo vecinal fue uno de los núcleos más potentes de resistencia y reivindicación. También una experiencia de política de base con pocos paralelos en la historia reciente de este país.

Hemos tratado de reconstruir el nacimiento y las batallas de las asociaciones vecinales poniendo, en el contexto general de su devenir en Madrid, el rastro que las asociaciones del barrio han ido dejando en la hemeroteca. Hemos utilizado sobre todo la de El País, por estar disponible en la red y por cubrir este periódico – sólo durante los años de la Transición – con bastante detalle la lucha vecinal.

Prehistoria y génesis del asociacionismo vecinal

Durante años la historia de la contestación al franquismo y del propio movimiento vecinal parten de la década de los sesenta, sin embargo, en los últimos tiempos se empiezan a contemplar también las formas de solidaridad y convivencia cotidiana del primer franquismo (años cuarenta y cincuenta) como el sedimento necesario para que, una vez el régimen relaja un poco su aparato represor en aras de su encaje internacional, pudieran surgir movimientos de resistencia menos escuálidos.

Se trata de redes de solidaridad en un contexto de pobreza y persecución. Nos hemos acercado a ellas con trazo grueso en el capítulo sobre la represión y la resistencia, pero urge correr a entrevistar a los protagonistas aún vivos y reconstruirlas en condiciones y, en lo que aquí toca, conectarlas con la expansión desigual de la ciudad y el nacimiento del movimiento vecinal.

En el seno del estado revanchista que emerge de la guerra crece la desigualdad y, paradójicamente, quienes proclamaban el fin de la lucha de clases se empeñan en abonar su terreno: el orden natural y jerarquizado de la sociedad entendía que debía haber ricos y pobres (bajo una misma bandera nacional, eso sí), y sólo la caridad era el mecanismo articulado para la salvación de los potentados y el alivio de los desfavorecidos.

Urbanísticamente esta filosofía se traslada en que gran parte de la gente que vive en los peores inmuebles de los centros urbanos son desplazados a casas en el extrarradio. Población que se suma a la que viene del campo y ocupa las periferias urbanas. El fenómeno es común a la urbanización en toda Europa en realidad, y tendrá una consecuencia inesperada. La segregación de clase – anteriormente los obreros habían habitado barrios de los centros urbanos- y la constatación común de las deficientes condiciones de vida, propiciarán un sentimiento de pertenencia (a la clase obrera) y de oposición (a las élites gobernantes). Le Corbusier se había referido años antes al fenómeno pensando en los movimientos de protesta que periódicamente, y desde el siglo XIX, son protagonizados por obreros ubicados en los suburbios que toman la metrópoli, “como espuma que golpea los muros de la ciudad”. En realidad, podríamos añadir, se trata de una lucha por ser ciudad.

Quien hiciera una historia de estos nuevos barrios que surgen valiéndose únicamente de la prensa franquista hilvanaría un relato idealizado muy alejado del real de frustrantes barriadas – barrizal sin infraestructuras. Estas relaciones vecinales aún no institucionalizadas hacen germinar, junto a otros movimientos resistentes, al primer movimiento vecinal que cristalizará a finales de los sesenta en contestación

A partir de 1952 Franco se había entregado con furor a las obras públicas como forma de reafirmación de su figura más allá de la peseta. Este año llegan a España los préstamos norteamericanos, el país ingresa en la UNESCO y se firman el concordato con la Iglesia Católica y la entrada de las bases militares. Los movimientos poblacionales campo- ciudad, siendo importantes, son sólo la antesala de las venidas masivas de los años sesenta. Con la desaparición de las cartillas de racionamiento este es el año en que la construcción sustituye al estraperlo como fuente de riqueza fácil. La especulación inmobiliaria había llegado para quedarse.

La vía desarrollista tuvo inmediatamente su respectivo ciclo de movilización laboral – como la huelga de 1962 – y trajo la constatación de que el crecimiento económico apenas afectaba a la calidad de vida de los barrios, fomentando una auténtica conciencia de clase barrial. Nace pronto la oposición de los movimientos cristianos (HOAC, JOAC y Vanguardias Obreras), en cuyo giro de mentalidad influyó la experiencia de muchos de aquellos religiosos en los barrios obreros y las Unidades Vecinales de Absorción. Años después, unas incipientes asociaciones vecinales, sin locales donde reunirse aún, tendrían en las parroquias uno de sus centros neurálgicos.

La centralidad de la parroquia como lugar de reunión de los jóvenes movimientos vecinales será, durante estas décadas, una constante. Así, cuando una serie de vecinos se encierran en protesta por la detención de Carmen Algora (presidenta de la Asociación de Vecinos de Valdezarza) y su hija menor de edad durante el transcurso de una manifestación en 1976, lo hacen en la iglesia colonial de Villamiil. Participaron en el encierro miembros de las asociaciones de vecinos de Valdezarza, Villaamil-Sánchez Preciado, La Paloma, Ciudad de los Poetas, Tetuán, Tetuán-Cuatro Caminos, La Ventilla, Fuencarral y Chamartín, así como mujeres de las asociaciones de amas de casa de Tetuán, Tetuán-Cuatro Caminos y barrio del Pilar.

El mismo año, en junio de 1976, se suspendió in extremis la asamblea de las asociaciones de Valdezarza, Villamiil y La Paloma (algo frecuente en tiempos en los que la mayoría de las asociaciones habían quedado en el limbo legal de “en trámites de constitución”), y la excusa que puso la policía fue que el lugar de reunión, de nuevo una iglesia, no era el adecuado

Hemos construido este pedazo de ciudad y lo vamos a defender

En 1957 se había elaborado el Plan llamado Urbanismo de urgencia, que trataba de ordenar los suburbios chabolistas que crecían en el extrarradio. Zonas sin pavimentación que carecían de luz, agua o alcantarillado. Como no podía ser de otra forma, las primeras reivindicaciones tuvieron como eje la vivienda y las infraestructuras. Aparece también por doquier el mutualismo de base, con la presencia constante de ayuda entre los vecinos para levantar viviendas, cuidar a los niños o, entre otras cosas, organizar el transporte.

Se pretende poner coto a la especulación que se vislumbra en los nacientes Planes de Reordenación Urbana, que van en la línea de convertir los barrios chabolistas en barrios residenciales para clases medias. Las reivindicaciones son principalmente pedir una vivienda digna en el mismo barrio para los residentes y que los Planes Parciales contaran con la participación de los propios vecinos en el diseño de los barrios.

En definitiva, se trata de reivindicar que no se les arrebate el trozo de ciudad que estos obreros han situado en el plano. El derecho a la ciudad. En el nuevo escenario de desposesión que se vislumbraba Madrid iba a capitalizar la plusvalía generada por una nueva masa de consumidores y su espacio creado. Estos iban, en cambio, a seguir su vida de emigrantes. Habían hecho ciudad un espacio que no lo era, habían alimentado la industria y no estaban dispuestos a quitarse en de en medio.

Tras muchos años de lucha el Plan de Remodelación de Barrios alcanzó rango de norma legislativa en 1984, vía Decreto Ley que implicaba la construcción de 36.000 viviendas para más de 150.000 personas, con la garantía de que las nuevas viviendas quedarían en manos de los vecinos originales. Nacía seguidamente un nuevo objetivo: la difícil fiscalización del cumplimiento de los compromisos.

Aún en 1973 los habitantes de Orcasitas vivían con una media de 24 m cuadrados por familia y sólo el 11% tenían agua corriente. Aunque Tetuán no es estrictamente de la misma categoría que los nuevos barrios hechos a la contra durante estos años en el cinturón industrial (San Blas, Orcasitas, Vallecas, Pradolongo…), los inmuebles con el retrete común en el exterior de las casas son un buen indicador de que las deficientes infraestructuras abundan en muchas partes el barrio.

De esta forma, Ventilla es incluido en el Plan de Remodelación. Otros barrios que no fueron incluidos en los Planes de Urgencia lo pelearon, por entender que también convivían con la degradación. Encontramos, por ejemplo, manifestaciones al respecto de la Asociación de Vecinos Dehesa de la Villa-Virgen de la Paloma en 1976.

Barrio de Ventilla Almenara

Barrio de Ventilla Almenara

La lucha por la vivienda de los vecinos de la Ventilla es una de las más importantes de las que han transcurrido en nuestra barriada. La gran mayoría de vecinos de la zona vivía en casas de los viejos poblados de absorción franquistas, muy deficitarias y ya en franco deterioro. En diciembre de 1976 diecisiete viviendas y un ambulatorio en el barrio de La Ventilla fueron ocupadas por otras tantas familias que vivían en infraviviendas. La ocupación fue aprobada previamente en asamblea por los vecinos, que ocuparon pisos que llevaban más de diez años vacíos y eran propiedad de los Ministerios de la Vivienda y de Gobernación (que era el mayor propietario del barrio). No fue un acto a escondidas precisamente, tras la aprobación en asamblea del modus operandi, más de trescientas personas procedieron a realizar las ocupaciones.

Vecinos de Ventilla maniefstándose en 1999 por los retrasos del plan del barrio

Vecinos de Ventilla maniefstándose en 1999 por los retrasos del plan del barrio

Previamente se había montado una exposición de fotografías en plena calle y se editó un boletín explicativo sobre el tema. La ocupación de pisos durante aquellos años fue resuelta de manera positiva para los ocupantes en ocasiones pero, dependiendo del juez, también ocurrió que el peso de la justicia cayó sobre las personas que las ejecutaron. Hacia 1978 se realizó en La Ventilla una campaña cuyo lema era “El delito no es ocupar una vivienda, sino mantenerla cerrada sin habitar”, coincidiendo con el juicio a una familia ocupante.

Una vez las ocupaciones de viviendas se pusieron más complicadas, por la severidad creciente de las autoridades, se empezó con los solares. Los vecinos de la zona emplearon la ocupación simbólica como medida de presión hacia 1977 (la táctica se utilizó en otros sitios como, Palomeras Sureste, para pedir un parque). Los vecinos de la Ventilla ocuparon solares municipales para señalar donde debían estar las casas en las que ellos tenían que vivir, ya que la remodelación del barrio estaba estancada por la supuesta falta de terrenos.

El plan de la Ventilla fue durante mucho tiempo el cuento de nunca acabar, acumulando innumerables retrasos y variaciones. En 1993 leíamos en la prensa “1700 familias viven en casuchas por el retraso de la Comunidad en alojarles. La reforma debió acabar en 1987”.

Medio centenar de familias fueron trasladadas “temporalmente” a sankis en la plaza de Castilla y en Capitán Blanco Argibay. Temporalmente fue un eufemismo que duró años. “”Llevo cinco años, cuatro meses y cinco pulmonías en estos prefabricados”, declaraba una mujer de 72 años en El País por aquellas fechas.

Titulares similares seguirían sucediéndose en los años siguientes. En 1998 leímos en el mismo periódico “Urbanismo fija en el año 2000 el fin de la remodelación de La Ventilla” Ya estaba bien desde el año 79, pero aún encontramos en El País una noticia de junio de 2001 titulada “La remodelación del barrio de La Ventilla finalizará en 2002, con 13 años de retraso”. Muy, muy, lejos quedaba el primer titular que hemos encontrado sobre el caso en este periódico: “La remodelación de La Ventilla se hará antes de fin de año”. Era de 1977.

Tetuán: un barrio olvidado

Si aún hoy es posible encontrar en el barrio de Tetuán calles y caserío olvidados por las autoridades, podemos fácilmente imaginar el panorama de aquellos años. Hacia 1977 la Asociación de Vecinos de Beruguete-Rastrillo empezó una campaña consistente en enviar postales al ministro de vivienda denunciando las condiciones de vida precarias de veintitrés familias de la calle Luis Portrones. La mayor de las casas, en la que vivían dieciséis personas, contaba con cuarenta metros cuadrados. Las chabolas no tenían ni siquiera ventanas y, por supuesto, todas carecían de agua corriente y servicio. Los firmantes exigían que se les concediera una vivienda digna en un plazo inferior a dos meses e invitaban al ministro a visitar la calle “con gastos pagados a cuenta de la asociación”. Se ve que este tipo de acción fue muy utilizada, pues la misma asociación había invitado un año antes al delegado de Relaciones Sociales del Ayuntamiento a ver con sus propios ojos las ratas que campaban por el barrio, consecuencia de un alcantarillado que no se había renovado desde los años treinta.

Vecinas de Valdeacederas pidiendo mejoras en el barrio

Vecinas de Valdeacederas pidiendo mejoras en el barrio

Condiciones primordiales para la consideración de la vivienda como digna hace pocos años no eran, como vemos, un asumido. Una vieja reivindicación de estos años de la Asociación de Vecinos de Valdeacederas fue la instalación de unas duchas públicas, y la centralidad de la casa de baños de Bravo Murillo entre muchos vecinos (una de las tres únicas que había en la ciudad) era absoluta en aquellos años. Precisamente, en 1985, la casa de baños, que llevaba dos años cerrada, fue objeto de una exitosa campaña de la Asociación de Vecinos de Tetuán-Cuatro Caminos.

Reclamación en 1985 | http://www.tetuanmadrid.com/exposicion-fotografica-40-anos-accion-vecinal-tetuan/

Reclamación en 1985 | http://www.tetuanmadrid.com/exposicion-fotografica-40-anos-accion-vecinal-tetuan/

También fue frecuente la lucha contra los desahucios, en la que profundizaremos más adelante. En agosto de 1976 encontramos el conflicto abierto por la Asociación de Valdeacederas contra el desahucio de 14 familias en la calle Alfalfa número 5. Los vecinos, ante la tibia respuesta del gobernador civil de Madrid, con quien se entrevistaron, declararon en prensa que de no proporcionarse a los vecinos un realojo digno impedirían el desalojo “de la forma que sea”. En los mismos términos contundentes se expresaban por las mismas fechas, con un ultimátum dirigido al delegado de Circulación y Transportes que decía que “si en un plazo corto no hace que Blanco Argibay se convierta en calle de una sola dirección, pinten en ella pasos de cebra, instalen un semáforo y coloquen señales de reducción de velocidad, los mismos vecinos harán que se cumplan todas estas medidas, dada la importancia de esta calle que sirve de acceso al Barrio del Pilar. ”

En otros puntos del barrio, aunque fuera de la gran remodelación del momento, también la acción colectiva va dirigida a la habitabilidad de la ciudad. En 1978 los vecinos de Valdezarza exigían conexión real con la ciudad. En esos momentos la empresa Díaz Álvarez gestionaba el único transporte, efectuado por camionetas viejas y que rara vez cumplían sus horarios. Algo que hoy parece poca cosa, como integrarse en las líneas regulares de autobuses, resultaba una mejora sustancial para las barriadas de Villaamil, Valdezarza, Policía Armada, La Paloma y Saconia.

Otra de las cuestiones que ocupa posiciones centrales en el conjunto de reivindicaciones vecinales del momento era la dotación de escuelas e institutos públicos. A finales de los setenta no había ningún instituto y el centro de formación profesional Virgen de la Paloma, en el que estudiaba gran parte del barrio, se encontraba tremendamente saturado. En el capítulo dedicado a la okupación vimos como, desde fuera del movimiento vecinal, el Ateneo Libertario de la Zona Norte ocupó en 1978 un viejo colegio en Marqués de Viana para dar clases y protestar por la inexistencia de centros educativos públicos.

La construcción del tejido barrial también es central en la actividad vecinal. Esto queda ejemplificado perfectamente en los conflictos con el ayuntamiento en torno a las fiestas de San Isidro en los últimos setenta por la ausencia de participación vecinal. Estas iniciativas de sociabilidad ciudadana eran frecuentemente boicoteadas por la municipalidad. En 1976 se prohibió, a última hora, el festival de cine que la Asociación de Vecinos de Cuatro Caminos había organizado en el cine Metropolitano. La razón esgrimida fue, en este caso, que la constitución de la asociación no estaba formalizada, algo que fue frecuentemente propiciado por las autoridades de cara a mantener al movimiento vecinal en un limbo fácilmente atacable.

La petición de espacios de desempeño de la vecindad fue constante: locales juveniles, centros culturales o la cesión de espacios para las propias asociaciones. La reivindicación era clara: locales no faltaban en la zona norte y los vecinos debían también beneficiarse de ellos. En 1976 se inaugura la sede en la calle San Enrique de la Asociación de Vecinos de Cuatro Caminos-Tetuán, que en el momento de escribir estas líneas deben abandonar sus asociados, en un buen ejemplo del terreno perdido por las asociaciones de vecinos en los últimos años.

Si no nos juntamos se nos cae la casa (o nos echan)

Los casos de desahucio, que han saltado a la primera línea informativa por el acuciamiento de la actual crisis de la vivienda y la visibilización lograda por grupos activistas, son un mal endémico en muchas zonas de Madrid desde hace ya tiempo. En concreto, la expulsión de la gente de sus casas por expedientes de ruina, que tan frecuentes han sido en el centro de Madrid, ha afectado también a otros barrios históricos como Tetuán. Se trata de casos terribles por la rapidez con la que muchas veces se han resuelto: desalojo y demolición inmediata. La propiedad de los inmuebles ha dejado caer centenares de edificios en Madrid para, de esta manera, librarse de inquilinos de renta antigua. Los casos que se han venido produciendo en el barrio son probablemente innumerables, sólo la coordinación vecinal, primero a través de las asociaciones y últimamente en los movimientos por la vivienda surgidos al calor del 15M, permiten conocer y enfrentar estos dramas personales.

En 1989 la FRAVM (Federación Regional de Asociaciones de Vecinos de Madrid) constituyó una comisión de fincas en ruinas, con hermanos pequeños en distintos barrios entre los que figuraba Tetuán. Los lemas de aquellos días fueron “Ningún desalojo sin realojo” o “Ayuntamiento, cómplice de la especulación”, en referencia a la dejación municipal en su obligación de velar por la conservación del caserío.

Se empieza a utilizar la táctica de resistencia vecinal a los lanzamientos y se consiguen realojos que, en principio, no están reconocidos por la ley (muy mediático fue un desalojo en la calle del Almendro 4, en el que se presentó el alcalde José María Álvarez del Manzano). Así sucedió en el barrio en Capitán Blanco Argibay 103-105 en 1989, por ejemplo. La lucha consiguió durante los noventa la introducción de mecanismos de seguridad jurídica en cuanto al realojo (mediante los Convenios de Ruina y Realojo) y el deber de rehabilitación de los propietarios.

Aunque la estrategia de resistencia en los inmuebles con expedientes de ruina se lleva a cabo de manera más continuada a partir del 89, encontramos en hemeroteca casos anteriores de resistencia vecinal a los lanzamientos. En 1983 el periódico El País contaba la paralización de un desalojo, que afectaba a tres familias, por unos cien vecinos en la calle Conde Duque 22. La resistencia la articuló la Asociación de Vecinos de Malasaña. Ya hemos hecho referencia más arriba también a la lucha de la Asociación de Valdeacederas en la calle Alfalfa en los setenta, calle que, por cierto, sigue siendo a día de hoy zona en la que hay abiertos varios conflictos entre vecinos y agentes especuladores.

El eco de algunos casos de desalojos por ruina, en estos años y luego, se puede rastrear en las páginas de El País.

En 1990 leíamos como Eduardo, vecino de la calle Topete, se atrincheró en su casa familiar en ruina y fabricó un cóctel molotov, con el que intimidaba a los policías que iban a ejecutar el desahucio. Eduardo no tenía alternativa habitacional. Otras cuatro casas contiguas fueron derribadas también y el periódico da cuenta –aunque no se explaya– de las permanencias solidarias de los vecinos en los alrededores de la casa.

En 1998 El País hacía un reportaje a los vecinos de Genciana 39, otra vieja casa con pisos de menos 30 metros cuadrados, sin retrete ni condiciones dignas de habitabilidad. La gente no quiere vivir así, pero lo prefiere a vivir en la calle. En este caso el ayuntamiento se hizo cargo del inmueble por la dejación en el mantenimiento del dueño aunque, según publicaba el periódico al año siguiente, corrió con los gastos de sólo dos meses de alquiler

En 2001 el diario retrataba la lastimosa situación de 16 ancianos, habitantes de una corrala de principios del siglo XX en la calle Oviedo, ante las alternativas, cada una peor que la otra, de que se les cayera la casa encima o el juez les echara a la calle sin alternativa.

Movimiento vecinal y conciencia de clase

Es frecuente encontrar nombres de asociaciones de vecinos involucrados en los grandes temas de la lucha política de los años setenta y ochenta. No es de extrañar, dado que se movían en un mismo magma de contestación política. Por poner un ejemplo, muchas asociaciones de vecinos condenaron públicamente el asesinato de los abogados laboralistas de la calle Atocha durante la Semana Negra de 1977. Algo que, además de ser de elemental decencia, es absolutamente coherente con el hecho de que estos eran también abogados de diversas asociaciones. Luis Javier Benavides, caído aquel día, era asesor de la Asociación de Vecinos de Valdeacederas.

El movimiento vecinal de Tetuán (en el sentido amplio que en estos artículos atendemos y que incluye Valdezarza, que durante estos años reivindicaba pertenecer al distrito) participa de muchas de las reivindicaciones del movimiento nacidas en barrios aún más desfavorecidos y pertenecientes al cinturón rojo. Un buen ejemplo podría ser la batalla del pan en 1976.

En esta lucha participaron, junto a otras de la periferia industrial como las del Pozo del Tío Raimundo o Carabanchel Alto, las asociaciones de Tetuán, La Ventilla, Ciudad de los Poetas, Saconia, Villaamil, Valdezarza y Valdeacederas.

El precio del pan no estaba liberalizado en aquellos años, y se había establecido una actividad mafiosa entorno al sector, a resultas de lo cual, las barras de pan pesaban menos de lo que debían. Involucrado en aquellas irregularidades había, además, un teniente de alcalde del ayuntamiento. Una panificadora de San Blas, Pancasa, empezó a proporcionar pan barato a las asociaciones vecinales para vendérselo directamente a los vecinos. El hecho llegó a ser portada de los diarios Informaciones y Ya, y la manifestación que se hizo en Moratalaz bajo el lema “Pan, trabajo y libertad” congregó a 100.000 personas, siendo una de las más grandes desde la Guerra Civil.

Vecinos de San Nicolás-Dehesa de la Villa en manifestación ante OTAN en 1986

Vecinos de San Nicolás-Dehesa de la Villa en manifestación ante OTAN en 1986

Encontramos en el lema una constante en la historia de las clases populares, la lucha contra la carestía de los productos de subsistencia, y un cariz absolutamente político, en el que entran en juego las reivindicaciones de libertad y trabajo. En cuanto al repertorio de lucha despuntan la autogestión – en la venta paralela-, la desobediencia civil (pues la venta estaba regulada y en no pocas ocasiones aparecía la policía) y el recurso clásico de la manifestación.

Hoy es extraño encontrar manifestaciones fuera del circuito ministerial y de la almendra central de la ciudad. Sin embargo, durante estos años son frecuentes las apariciones en prensa de manifestaciones en los barrios, algunas realmente importantes como la anteriormente citada, o la gran manifestación que se produjo en la Avenida de la Albufera en 1978, que anticipaba la lucha por la remodelación de los barrios: “Un avión mil viviendas son”, se coreaba. En el barrio encontramos también manifestaciones, aunque de menor envergadura.

No es sitio para hacer un análisis pormenorizado de los repertorios de lucha y los temas reivindicativos, de todas formas se aprecia fácilmente el cariz de clase de los mismos. Por poner un ejemplo más, con motivo de la jornada de lucha convocada por Coordinación Democrática, en la que pararon entre 50 y 200.000 trabajadores en Madrid en octubre de 1976, constatamos la participación de vecinos de asociaciones en los piquetes que tratan de cerrar los comercios de los barrios. En este contexto sucedió la ya citada detención de la presidenta de la Asociación de Vecinos de Valdezarza.

Mujer y movimiento vecinal

Durante el régimen franquista la mujer tenía consideración legal de menor de edad y la asociaciones de amas de casa estaban encuadradas administrativamente con las de Familias Numerosas, “con hijos subnormales”, o “padres de alumnos”. Sin embargo, a finales de los años setenta un grupo de mujeres del Movimiento Democrático de Mujeres cooptaron una serie de secciones madrileñas de la Asociación Provincial Madrileña de Amas de Casa. Una infiltración en el régimen que crea una curiosa dualidad entre las asociaciones realmente franquistas y estas otras disidentes.

Mural de la Comisión de Mujeres de la AV San Nicolás Dehesa de la Villa

Mural de la Comisión de Mujeres de la AV San Nicolás Dehesa de la Villa

Aunque estas asociaciones de amas de casa participan de los mismos foros que el resto de asociaciones vecinales, a menudo se ha limitado la percepción de lo que hacían, fijándose sólo en sus reivindicaciones sobre el consumo y la esfera privada, pese a que lo mismo exigían guarderías que amnistía o derechos laborales.

En 1978 se crea la Federación Provincial de Asociaciones de Amas de Casa Flora Tristán en Madrid, en la que se federan las Asociaciones de Amas de Casa de Castellana, Concepción Arenal de Chamartín, María Padilla del Distrito de Tetuán y adyacentes, Los Claveles de Ventas y Rosalía de Castro de San Ignacio. En realidad, la mayoría de estas asociaciones ya se reunían al menos desde 1973. En 1980, superadas las dificultades legales para el asociacionismo político femenino, cambia su nombre por Federación Provincial de Asociaciones de Mujeres Flora Tristán.

En 1976 ya encontramos eco de aquellas mujeres de Tetuán en prensa. El 31 de Diciembre de 1976 el diario El País titulaba “las amas de casa de Tetuán piden información sobre el plan de urgencia”, dando noticia de que aquellas mujeres participaban de las mismas reivindicaciones vecinales que el resto de asociaciones (de las que también participaban). La asociación de Tetuán, que ampliaba su área de influencia hasta el Barrio del Pilar o Fuencarral, fue la primera en ser legalizada por el franquismo – junto a la de Getafe – en 1969. Posteriormente, las autoridades frenaron la legalización de otras asociaciones de barrio.

Por otro lado, también las reivindicaciones propias de “los cuidados” han obtenido poco eco en las narrativas políticas y en las crónicas periodísticas, pese a protagonizar acciones reseñables. En Aravaca, por ejemplo, una multitud, con mayoría de mujeres y niños, abrió por la fuerza una calle que había sido considerada privada por vecinos ricos.

La Asociación de Vecinos de San Blas fue la primera que se constituyó, en 1969, como “de vecinos de ambos sexos”. En muchos casos los miembros eran “cabezas de familia” (sobre todo hasta la Transición) y las mujeres que había eran viudas. A partir de 1977 se crean vocalías y comisiones de mujeres que se coordinan y empieza a fortalecerse la orientación feminista dentro de las asociaciones. En 1977 en la Asociación de Vecinos de de Tetuán existía una vocalía de mujeres.

Un escrutinio por la hemeroteca nos deja la sensación de que el peso de la mujer en el movimiento asociativo y sus puestos de responsabilidad no fue precisamente nimio, aunque es de suponer que tampoco fácil su papel. En los setenta encontramos a Lola Valcárcel al frente de la Asociación de Vecinos de Valdeacederas, o a Carmen Algora, en los mismos años, en la Asociación de Vecinos de Valdezarza. En mayo de 1976 ésta declaraba en una entrevista en el diario El País:

“El ser mujer me ha causado algunos problemas, aunque la votación me favoreció. Para algunas personas es difícil asimilar la incorporación de la mujer a la vida, a la lucha por conseguir una serie de reivindicaciones justas. No obstante esto es algo que pasa pronto.”

Crisis del movimiento vecinal

Al movimiento vecinal le atraviesa dos veces la Transición de maneras aparentemente contradictorias. De un lado, le afecta el olvido que la participación social tuvo en el proceso según la historia oficial; de otro, participa de la lógica institucional plenamente. Con la llegada de los primeros ayuntamientos democráticos en 1979 muchos de sus participantes entraron en la política oficial accediendo a concejalías y otros puestos municipales. Para mucha gente éste es el principio de una institucionalización del movimiento que llevaría posteriormente a su esclerotización. El asociacionismo vira de lugar de participación a plataforma de interlocución con las autoridades.

Por otro lado, la misma desindustrialización que espoleó, con sus agresiones, el auge del movimiento ha dejado el legado de una sociedad en busca permanente de la clase media. El fenómeno ha contado, sin duda, con el apoyo de la interiorización general de una Cultura de la Transición que glorifica el consenso y esquiva todo matiz de conflicto.

El movimiento vecinal siempre cabalgó a lomos de dos yeguas: el conflicto de clase, en decadencia por las razones que acabamos de nombrar, y el conflicto de ciudadanos-vecinos. Con el tiempo este segundo fue ganando terreno, hasta el punto que Manuel Castells, que a finales de los setenta hablaba del movimiento vecinal como el entorno en el que se podría ensayar un nuevo tipo de socialismo, lo caracterizaba ya a mediados de los ochenta como “una escuela de democracia y liderazgo”.

Cerro Belmonte: el movimiento vecinal en mutación

Destacamos el caso de los vecinos de Cerro Belmonte por su originalidad y también porque, de alguna manera, anunciaba entrando en los noventa, un cambio de ciclo en el que el asociacionismo clásico había perdido ya el monopolio de la resistencia vecinal. Frente a otros afectados próximos, como los del Cerro Peñabel, con su propia asociación vecinal, estos vecinos no estaban encuadrados en una estructura asociativa, lo que no impidió que mostraran gran unidad y organización.

Cerro Belmonte era una zona de casas bajas de unos 30.415 m 2 en el barrio de Valdezarza. Sus casas iban a ser expropiadas por el ayuntamiento por un precio de 5.018 ptas/m 2, cuando sus estimaciones eran que los terrenos alcanzarían un precio de mercado en torno a las 200.000. Los 125 vecinos afectados, asesorados por la abogada Esther Castellanos, iniciaron una original y contundente campaña que alcanzó bastante notoriedad en la época.

El 25 de julio de 1990, al no ser recibidos en el Ayuntamiento, se dirigieron a la Embajada de Cuba, con quien España tenía en ese momento un conflicto diplomático, y pidieron asilo político. Se les contestó que no existía convenio a tal efecto pero que se trasladaría a Cuba la petición. Al día siguiente Castro leyó la carta entregada por los vecinos en uno de sus multitudinarios discursos. Seguidamente, en Cerro Belmonte se celebró una fiesta de salsa con representantes de la Embajada cubana, que entregaron a los vecinos 15 viajes de 10 días – que se sortearon – para visitar Cuba. A los que fueron Fidel les recibió personalmente.

Posteriormente, y siguiendo con su original campaña, los vecinos presentaron un Gobierno de Transición, bandera propia, moneda y Constitución (del Reino de Cerro Belmonte, Principado de Villaamil, Condado de Peñagrande). En el referéndum, que se celebró en casa de un vecino con una hoya de barro por urna, la independencia salió aprobada con 214 votos a favor y dos en contra. Manifestaron su intención de solicitar la aceptación ante la ONU y la determinación de “reunificarse con España tan pronto como se anule la expropiación”.

Los vecinos de Cerro Belmonte desplegaron gran imaginación en su lucha pero también contundencia, con cortes de calles (dos vecinos resultaron heridos leves al saltarse un vehículo la barricada), el encierro en una parroquia de la calle Atocha, una manifestación frente a la casa del alcalde, o la huelga de hambre llevada a cabo por 69 ancianos (con la consiguiente amenaza de llevar el caso al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo). Finalmente, el alcalde Rodríguez Sahagún tuvo que recibirlos y, al menos, consiguieron que las cuantías de las expropiaciones fueran superiores a las inicialmente anunciadas.

Hacia el movimiento por la Vivienda Digna y el 15M

En los años noventa nace en España un nuevo movimiento por la vivienda hijo de su momento histórico que será muy distinto del movimiento vecinal. Si aquel había nacido unido a los barrios obreros y había languidecido con la desindustrialización, éste surge bajo la influencia de la burbuja inmobiliaria, el encarecimiento de los pisos y la imposibilidad de conseguir vivienda; si el primero luchaba por la pervivencia del barrio, construía su identidad y preconizaba el derecho a la participación, el nuevo movimiento aparece desterritorializado, fruto de la relación de las redes. Las nuevas asambleas pusieron especial interés en separar su actividad de la de partidos y sindicatos, algo que no había sucedido con el movimiento vecinal tampoco.

La lucha por la vivienda salía de los barrios, pero habría de volver a estos con la transformación de aquel nuevo movimiento – el V de Vivienda de “No vas a tener casa en la puta vida” – en el movimiento por la vivienda que iniciara la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca) y eclosionara en un nuevo activismo en pos de la vivienda a partir del 15 de mayo de 2011.

Si la crisis de acceso a la vivienda no apelaba necesariamente al barrio, la acusada oleada de desahucios pondría de nuevo la imagen del drama urbano en la puerta de al lado. En Tetuán, como veremos en un capítulo posterior, se paró el primer desahucio de este nuevo ciclo en Madrid y se han librado batallas importantes en el actual contexto de lucha vecinal y por el barrio.

Si bien la convivencia con las asociaciones vecinales ha sido buena y de colaboración en ocasiones (algunas instancias de la Asamblea Popular de Tetuán, como el Silo de Tiempo o el Banco de Alimentos han encontrado cobijo en el local de la Asociación de Vecinos de Cuatro Caminos Tetuán), los caminos transitados por ambos grupos, en cuanto a funcionamiento y lucha, han sido bien distintos, más cercanos a la horizontalidad y el apoyo muto en el caso de las asambleas de barrio.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *