Pobres

Grupos de pobres rebuscando en las montañas de basura procedentes de Madrid que eran arrojadas por los traperos en Te tuán de las Victorias (1930).

Grupos de pobres rebuscando en
las montañas de basura procedentes de Madrid que eran
arrojadas por los traperos en Te
tuán de las Victorias (1930).

El viejo Tetuán y, sobre todo, el barrio de Cuatro Caminos, aparecen con cierta frecuencia descritos en la literatura española a caballo entre los siglos XIX y XX como un lugar poblado de pobres de solemnidad que viven entre basura. Se trata, sin duda, de frescos de una realidad existente, que no es siempre sencilla de separar, desde nuestra óptica actual, de una barriada obrera con infraestructuras francamente deficitarias y una tipología urbana preponderantemente rural. La composición obrera de Tetuán la trataremos en otro lugar, aquí vamos a introducir la miseria.

El tipo popular del mendigo es una constante en nuestra literatura desde el Siglo de Oro, que irrumpe con fuerza en el Madrid decimonónico, en el que nace Tetuán. Durante el último tercio del siglo XIX las profundas crisis industrial y agrícola traen la pobreza estructural a nuestras ciudades al modo de las ciudades capitalistas. El campo expulsa más gente de la que Madrid puede absorber. Madrid ha doblado su población en sólo medio siglo (pasa de 221.707 en 1850 a 539.835 habitantes en 1900) y sus calles se atestan de gentes desocupadas.

Casa de traperas en tetuán de las Victorias | http://www.rayosycentellas.net/madrid/?p=4073

Casa de traperas en tetuán de las Victorias | http://www.rayosycentellas.net/madrid/?p=4073

Ante este panorama surge la caridad institucionalizada a través de asilos municipales, comedores de caridad, la “sopa boba” del sobrante del rancho de los cuarteles, los servicios de órdenes religiosas… Si hasta la fecha la caridad había sido cosa eclesiástica, la España liberal de las desamortizaciones se decide a acabar – sólo en parte – también con ese monopolio. Aparece a mediados del XIX la reglamentación por doquier: la Dirección General de Beneficencia y Sanidad, la Ley General de Beneficencia y su Reglamento… La mayoría de las medidas serán poco eficaces y serían criticadas ya en este siglo en círculos obreros por considerarlas hipócritas.

Comedor para pobres dibujado por Gutierrez Solana

Comedor para pobres dibujado por Gutierrez Solana

Ya en el siglo XX, con el nacimiento de las sociedades de masas, la beneficencia va dando paso lentamente a un incipiente estado social, con las primeras leyes de acción social (leyes reguladoras del trabajo de la mujer y los niños, la Ley de Accidentes, del descanso dominical o el inicio de los seguros sociales).

Lo cierto es que los niveles de paro en Tetuán eran altos, en 1925 alcanzaba a dos tercios de los habitantes de la barriada, y las deficiencias de servicios básicos como la canalización de aguas ocuparon amplio espacio en la prensa local. Provocaban brotes continuos de disenterías, diarreas, pulmonía, infecciones…

A principios del siglo XX Baroja escribía en una crónica periodística:

…Madrid está rodeado de suburbios, en donde viven, peor que en el fondo de África un mundo de mendigos, de miserables, de gente abandonada.

¿Quién se ocupa de ellos? Nadie, absolutamente nadie. Yo he paseado por la noche por Injurias y las Cambroneras, he alternado con la golfería de las tabernas de las Peñuelas y los merenderos de Cuatro Caminos y de la carretera de Andalucía. He visto mujeres amontonadas en las cuevas del gobierno civil y hombres echados desnudos al calabozo. He visto golfos andrajosos salir gateando del cerrillo de San Blas y les he contemplado cómo devoraban gatos muertos.

…Y no he visto a nadie que se ocupara en serio de tanta tristeza, tanta lacería…

Pío Baroja. “Crónica: Hampa”. El Pueblo vasco. 1903

Más o menos en los mismo años Vicente Blasco Ibañez refería sus paseos por la zona de Cuatro Caminos en el prólogo de La Horda:

En 1905, cuando vivía yo en Madrid y era diputado, al salir muchas tardes de mi casa con dirección al Congreso, torcía mi camino, como un escolar que siente la atracción tentadora de la libertad, y en vez de dirigirme al llamado santuario de las leyes, prefería alejarme de él, siguiendo el contorno de los suburbios de la villa.

La situación de mi vivienda, al final del paseo de la Castellana, casi en el campo, ayudaba a esta fuga parlamentaria. Los yermos alrededores, con sus altozanos amarillos cubiertos de rastrojos y sus edificios diseminados, me parecían de mayor atractivo y hermosura que el salón de sesiones del Congreso, lóbrego en las primeras horas de la tarde, con un ambiente espeso de bodega.

Además, estaba convencido de la inutilidad de mis funciones de diputado republicano dentro de una Cámara fabricada por los monárquicos, en la que resultaban inútiles razonamientos y demostraciones, pues el argumento más convincente no torcería una opinión, ni quitaría un voto al gobierno. Era preferible vagar por los alrededores de Madrid, viendo los curiosos personajes de la miserable horda suburbana.

En estos paseos, que tenían algo de exploraciones, ya que me sirvieron para descubrir un mundo nuevo ignorado por la generalidad de las gentes, fui conociendo a los más de los personajes que figuran en la presente novela, o más exactamente dicho, a los seres reales que empleé como modelos de mis tipos imaginarios.

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