Tenemos un problema

maniDesde finales de agosto de 2014, el descontento y cabreo generalizado con lo que algunos han denominado “la casta” política y económica (el régimen clientelar y de impunidad creado en la Transacción, perdón, la Transición de 1978), generó en Madrid -al margen del movimiento 15M- un minúsculo tumor: el Hogar Social Madrid (HSM). Este tumor fue tratado, desde el principio, con ligereza por ciertos sectores de la izquierda moderna con pretensiones institucionales; por los políticos de tertulias y salones; por jueces y policías que ven enaltecimiento del terrorismo en unas marionetas y no en comidas de homenajes a asesinos ultraderechistas… Y por la prensa.

Desde un principio, la prensa (desde la supuestamente progre La Sexta, hasta la ultra Telemadrid) cayó (algunos de buen grado) en la trampa del HSM. Su imagen de caridad, con sus repartos de comida sólo para españoles, dejaba el poso en una pequeñísima parte de la población española más desfavorecida por la crisis, de que las ayudas de las instituciones y ONGes era acaparada por la población emigrante. En la práctica totalidad de artículos de prensa y reportajes televisivos, la organización neonazi y/o neofascista HSM, era equiparada, en una equidistancia repugnante, a cualquier organización antifascista. Una equidistancia (salvando las distancias) digna de la Sociedad de Naciones durante la llamada Guerra Civil española.

Bien. El pequeño tumor se ha mestataseado. Sí, cuanto antes reconozcamos que ha crecido, antes podremos desactivarlo. No podemos jugar a hacernos trampas con los asistentes a una u otra manifestación. Tenemos que asumir que el HSM está medianamente bien organizado. Ha copiado muchas formas de comportamiento de las izquierdas: desde la institucional (atendiendo a los medios en un ejercicio de moderación de su imagen -alejada de la estética skin- y de propaganda -controlando su discurso xenófobo tras la pantalla de su caridad identitaria), hasta la “ilegalista” (con las okupaciones de edificios donde desarrollar sus repartos de comida y, lo que es peor, el reparto de su ideología).

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Cualquiera que lo conozca mínimamente sabe también que es un movimiento relativamente frágil: las envidias y pugnas tradicionales de los sectores ultras tampoco les son ajenas; en el fondo, el núcleo organizado en torno a la gran jefa “Tobillo Tatuado” es pequeño (me comentan que la pasta que mueven ha creado suspicacias dentro de esos ambientes).

No obstante, haber levantado el ánimo en el alicaído panorama fascista del Estado español tienen una, aunque creciente, residual representación. Y son relativamente fáciles de desmontar: basta echar un vistazo a sus perfiles en redes sociales para ver el poco disimulo que gastan (desde la amenaza a la celebración del cumpleaños de Adolf Hitler).

Si soy de los que desde el principio pensaba que no había que minusvalorarlos, ahora pienso que, sin quitarles importancia, no hay que sobrevalorarlos por una manifestación que con buses fletados de todo el Estado apenas llegaron a los 2000 asistentes.

El problema está en el movimiento antifascista. Por motivos que no me termino de explicar, el antifascismo ha quedado reducido muchas veces al gueto militante. Algo que debería definir a un Estado con pretensiones democráticas queda enclaustrado así en la imagen del necesario militante capucha negra y camiseta gegen nazis. Afortunadamente, la manifestación del sábado 21 de mayo sirvió para romper esta visión reducida de la pelea antitotalitaria.

El problema está en las instituciones. Es evidente que el HSM no deja de ser la banda de la cachiporra ( hoy repartiendo discriminadamente comida) con la que el sistema busca desactivar los movimientos populares anticapitalistas. Por ejemplo: ¿alguien podría explicar por qué y quién permite la ocupación por parte de un grupo neonazi de un edificio público (la sede del NODO) a escasos 20 metros de la embajada israelí?

El problema está en nosotros. No podemos dar un paso atrás. Desde actitudes pacíficas (no necesariamente pacifistas) debemos hacerles frente. En los barrios informando a los vecinos. En los medios desenmascarándolos públicamente, señalando que no es una pelea entre tribus urbanas; que la equidistancia con el fascismo es complicidad. En las instituciones, los que consideren oportuno intervenir desde ahí, etc.

De nosotros, de todos nosotros, depende poner freno al fascismo.

Antonio Beltrán

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