Manifiesto por la recuperación de la memoria combativa del barrio de Tetuán

Los barrios de Tetuán y Cuatro Caminos nacieron extramuros de la ciudad oficial. Su condición de arrabal para inmigrantes marcó para siempre su camino de abandono y lucha. Sitio de jornaleros, sirvientas, traperos, gentes humildes que acudían a saldar los garbanzos fiados los días de paga. Gente que articuló uno de los primeros cinturones contestatarios de la ciudad de Madrid también. Ya en la huelga de 1917 los lanceros reales hicieron una masacre con las gentes de Tetuán. Durante la Guerra Civil los junkers nazis se cebaron con los tetuaneros. Incluso en día de mercado.

Con el largo invierno franquista. Con tantos muertos, exiliados, vigilados… Con los que siguieron luchando invisibilizados hasta la inexistencia. Con este telón llegó el olvido de las gentes humildes que en este barrio quisieron ser protagonistas de sus historias. Los vecinos del barrio que se proyectaron como referentes fueron entonces Raphael o Luis Aragonés. Nunca más Cipriano Mera. Nunca más Tina Modotti. Nunca más cinco de las trece rosas. Nunca más la miliciana que antes fue nodriza de un niño de buena familia.

Fueron muchos los que siguieron luchando: ocultando perseguidos, poniendo en pie el movimiento vecinal, creando el primer Servicio Civil (semilla del movimiento antimilitarista de Madrid), construyendo una ciudad paralela de Centros Sociales Okupados en los noventa…Pero la Transición germinó una cultura de la reconciliación en el olvido y dejó atrás sus rastros.

Las viviendas obreras, muchas construidas por las manos de sus habitantes, los mismos que construyeron las casas del barrio de Salamanca, se dejan caer. Las casas bajas que aún dibujan el imaginario de muchas personas al escuchar el nombre de Tetuán apenas existen ya. Las nuevas calles niegan la memoria de quienes fuimos y somos para construir la ilusión de la clase media. Para ocultar la existencia del conflicto en nuestras vidas.

Pero hemos venido aquí a recordar.

Porque existen los olvidados existen los invisibles. Porque nos niegan y nos negamos las huellas en la senda estamos lejos de controlar nuestras vidas. Porque creímos el cuento del pobre honrado y sufrido, del trabajador abnegado y sumiso, habitamos hoy un barrio más de entre los barrios que son menos. Porque nos creímos que no iba con nosotros. Porque nos convencieron de que nosotros no éramos ellos.

Por eso hoy, sentados en un banco del parque, en la iglesia en la que se encerraron los primeros del movimiento vecinal, desde una panificadora okupada, en la Plaza de las Palomas, con los críos que apedrearon a los tranvías en la huelga del 17, en un banco que mal suple un malecón caribeño, en el corral, en las camas calientes, en el piso hipotecado que nos hizo creernos diferentes. Allí sentados reclamamos – y nos reclamamos- la necesidad de recordar quiénes somos y qué queremos.

Por eso hemos venido aquí a recordar. Con un pie en la Historia y otro en la calle.

Reivindicamos la narración hurtada de la insumisión y el inconformismo. Del orgullo de barrio como orgullo de clase. De la necesidad de sabernos herederos de aquellos que quisieron controlar sus vidas. De la necesidad de resucitar los reflejos de aquellos vecinos y aquellas vecinas olvidadas. De sabernos abajo para llegar arriba. De sabernos antifascistas para combatir todas las formas de fascismo por venir. De sabernos de todos lados para no creernos los únicos de aquí.

Por eso hemos venido aquí a recordar lo que queremos ser. Recuerda tú barrio. Recupera tus héroes sin nombre.

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